
(Foto de GuilleDes)
A mitad de proyección de El caballero oscuro, la última entrega cinematográfica de Batman, aquel tipo que siempre soñó ser guionista estaba ya aburrido. E incluso un pelín indignado.
Y no sin razón. Como muchas de las películas que antes se llamaban de acción y mucho antes de aventuras, los guionistas de esta película se separan de la simplicidad del comic original para enredar y enredar y justificar con una trama incomprensible y desmesurada el despliegue de explosiones, violencia y efectos especiales. El lío es tal que, aún suponiendo que el hombre murciélago es el héroe y Joker el villano, no estaba seguro de quienes eran los buenos y los malos. Se ve que Christopher Nolan y su hermano Jonathan tienen mala conciencia por haber inventado tanto fuego de artificio, y se largan una pretenciosa alegoría. Ya se sabe, el héroe fatigado y oscuro, el villano payaso, la ley ambigua. Qué falta de modestia la de los nuevos factotum de Hollywood. Con lo que agradecíamos la claridad del maniqueísmo en las películas de tiros.
Así que el espectador que soñó ser guionista desistió de entender aquel disparate e imaginó entretanto que él podría hacer una película mucho más interesante con sus propias vivencias. Éstas no eran tan espectaculares, pero sí más intrigantes. Ocurría que desde hacía unos días, cada vez que entraba en su casa percibía un extraño olor, nada grato desde luego. Al principio no le dio importancia. Lo había localizado en la cocina. Pensó que podría provenir del envase de un pescado congelado, que tal vez retuviera restos del mismo. Así que aunque apenas estaba llena la bolsa de basura amarilla, la cerró cuidadosamente la bajó a la calle y la depositó en el contenedor correspondiente.
A la mañana siguiente percibió que el desagradable olor persistía. Algo se habrá impregnado en el suelo-pensó. Vació dos tapones de amoníaco perfumado en el cubo y lo repasó furiosamente con la fregona. Un cierto aroma de química amable sustituyó por unas horas a los vapores mefíticos que ya invadían sus fosas nasales. Al atardecer, sin embargo, el inquietante olor había reaparecido.
Desesperado, vació el frigorífico y lo limpió a fondo. Siguió después con los muebles de cocina. No halló indicio alguno de putrefacción. Se arrodilló y acercó sus narices a la rejilla de ventilación del gas, que quedaba a la altura de sus rodillas. La fuente del hedor parecía más cercana. La rejilla daba al patio. Frente a ella se abría la ventana del dormitorio de Paco, el chino del la tienda de alimentación de la planta baja. Paco había adoptado ese nombre para hacerse más simpático a la comunidad, pero él y nuestro protagonista se odiaban desde que éste, como presidente de la misma, denunció las molestias producidas por las violentas reuniones que mantenía a menudo con otros chinos, amen de sus retrasos en el pago de las cuotas y otras irregularidades. Te matalé si das pol culo-se había atrevido a amenazarle.
Nuestro amigo el guionista frustrado advirtió que la ventana de Paco estaba semiabierta, y con la persiana bajada hasta diez centímetros del alféizar. ¿Qué puede guardar este cabrito ahí -pensó- para que huela tan mal? La realidad es que la tienda de Paco no abría desde hacía tres días. Según Conchita, la única que permanecía en Madrid aquel mes de agosto, se había ido de viaje. Tienes suerte, tu enemigo a lo mejor no vuelve…-le bromeó en el ascensor. Hasta aquella inocente funcionaria de Fomento era consciente de las tensiones entre ambos. Nuestro hombre sonrió sin poder disimular un fondo de preocupación.
Para evadirse, decidió ir al cine a ver la última película de Batman. Pero lo farragoso de la trama y la obsesión del cierto olor a podrido le apartaron de la película. Volvió a casa y al abrir la puerta una tufarada hedionda le azotó la cara. Desesperado, entró en la cocina, miró la ventana de Paco, se arrodilló de nuevo ante la rejilla y entonces, sólo entonces, se apercibió de que quedaba por revisar el cajón inferior del carrito auxiliar donde guardaba las patatas. Estaba al lado de la rejilla, pero no lo había abierto porque jamás había pensado que una patata pudiera degenerar tanto. Cuando lo hizo, tuvo que taparse las narices. En medio de una nube de bichitos, tres patatas blandurrias y medio desechas emanaban un líquido negro asqueroso del que brotaba el olor pestilente. Se puso unos guantes de plástico, tomó el cuerpo del delito, lo envolvió en una bolsa , metió ésta en un saco de basura que anudó cuidadosamente, extrajo el cajón, lo lavó con amoníaco, lo puso a secar sobre el fregadero y bajó a la calle a depositar en el contenedor los restos nauseabundos de las puñeteras patatas. Libre ya de la pesadilla, aprovechó la luna para darse un paseo y relajar sus nervios.
Pero al regresar a casa y abrirse las puertas del ascensor vio un cuadro inquietante. Por la puerta del piso del chino Paco salían un par de camilleros con mascarilla que transportaban un saco de plástico. Evidentemente, contenía unos restos humanos. Dos policías de uniforme, dos hombres más y Conchita, con la mirada extraviada por el horror y las narices tapadas, completaban el cuadro.
-¡Qué barbaridad!-se apresuró a disculparse el guionista frustrado- Y pensar que yo creía que las culpables del mal olor eran esas patatas podridas que acabo de dejar la basura…
Los dos funcionarios intercambiaron miradas. El forense comentó que jamás había oído que ese olor fuera más repugnante que el de un cadáver.
-¿Es usted el presidente de la comunidad? -le preguntó el otro, que se presentó como juez de guardia.
Nuestro hombre asintió. Y mecánicamente se puso a pensar después cómo un buen guionista podría librarle de la sombra de la sospecha que ya le empezaba a rondar.
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